Confieso mi incapacidad para hacer las maletas . Sólo acierto a meter mi cepillo de dientes y un lápiz sin punta para no escribir su nombre en las paredes del hotel. Las lleno de ausencias y al final acabo arrastrándolas con un peso infinito por el pasillo dejando arañado el suelo, asemejando aquello que no pude hacer con mis propias uñas si hubiera podido abducir locura y aferrarme al suelo de mi casa.
He dejado ensobrado el lado de mi cama y el nudo de mi garganta lo he intentado reciclar para atarme los zapatos, pero aún así el calendario que cuelga de la pared ha duplicado cruelmente su tamaño y ahora los días se han vuelto mas largos.
Me llevo mi pereza de cambiar de cama, mi miedo a la oscuridad no compartida, el frío de las sábanas que no huelen a nadie en particular cuando lo particular es lo que me relaja, el hueco a mi lado derecho que hace sentirme demediada y una imagen “amable” tamaño carné en mi retina. Creo que no es el equipaje perfecto.
“sin un temblor de más,
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos”
(Benedetti)

A mà me gusta tu maleta, yo suelo llevar cosas demasiado innecesarias, la tuya va cargada de amor.
cierto, ...ya llevas lo que toca, ...total, cepillos y champú hay en todos los hoteles
Que dulce es leerte de nuevo pero que triste suena esa maleta.... Espero que pronto volveras a de-hacerla....
Un abrazo muy fuerte ;o)