Las noches insomnes son días que no concluyen completamente, que se resisten a dejar su espacio de reloj para dar paso a otro diferente. Es sentirse nexo común a un tiempo de dos cabezas que juega con ventaja en este circo de monstruos desfigurados en lo que se convierte todo cuanto nos rodea.
Tras la ventana hay otro mundo en el que la gente se mueve demasiado deprisa, sonríe exageradamente y habla en idiomas que no entendemos de forma inexplicable. Intentamos pedir socorro desde dentro mientras permanecemos atados a la pasividad de nuestro cuerpo lento que no reacciona. Sumergidos en un mundo flotante de vapores extraños en los que dibujamos con las pestañas formas de humo que se deshacen ante los ojos férvidos noctámbulos.
Llaman a la puerta, no, de nuevo es el despertador que he retrasado 2 horas mas tarde. No se si estoy soñando que es esto lo que estoy pensando o si de veras existe un despertador en mi cuarto. Levanto un ojo y tengo la sensación de que veo a través de un objetivo de gran angular cómo las formas de mis muebles se derriten a los lados de la habitación. Me mareo sólo en pensar de qué lado caerán o si se derretirán hasta sumirse hacia el piso de abajo dejando a su paso surrealistas manchas en las paredes.
Pienso en las explicaciones que deberé darles a mis vecinos de la anegación de sus casas por mis desleídas pertenencias y en cual de mis cubos recogeré mis cosas cuando haya salido de este estado. Me pregunto mientras mi sabana me envuelve como una crisálida si este estado insomne avanzará, si mis vecinos me buscarán por la casa reclamando vociferantes y no repararán en que estoy ahí mismo, tratando de convertirme en uno de ellos, como el resto de los días. Que curioso, ahora quisiera ser uno entre los mismos.

